Convento de Santa Clara
El sueño de un arzobispo que tardó veinte años en cumplirse
Hay monumentos que se entienden mirando su fachada, y hay otros que solo se entienden conociendo a la persona que los soñó. El Convento de Santa Clara es de los segundos: detrás de su portada gótico-isabelina y de su tranquilo claustro mudéjar se esconde la última voluntad de un hombre que nunca llegó a verlo terminado.
Un convento nacido de un testamento
Corría el año 1505 cuando Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada y confesor de la reina Isabel la Católica, dejó por escrito en su testamento un deseo muy concreto: que se fundara en Loja un monasterio de monjas clarisas. Dos años más tarde, en 1507, lo ratificó en un codicilo. Talavera, sin embargo, no vivió para verlo construido.
Fue su albacea, fray Jerónimo de Madrid, abad de Santa Fe, quien tomó las riendas y cumplió aquella voluntad al pie de la letra, levantando el edificio con calma y esmero. Y así, veinte años después de aquel testamento, el 7 de septiembre de 1527 se reunieron en Loja el arzobispo de Granada, fray Pedro Ramiro de Alba, el propio Jerónimo de Madrid y fray Pedro de Montedoca, provincial de la Orden de San Francisco en Andalucía y el Reino de Granada, ante el notario Francisco Guijarro. Ese día, las primeras monjas clarisas —venidas desde Málaga y encabezadas por la abadesa Clara de la Cruz— tomaban posesión oficial del convento recién terminado. El sueño de Talavera, por fin, se hacía realidad.
Durante más de cuatro siglos y medio, generación tras generación de clarisas vivió tras esos muros, en una clausura que nunca les impidió tejer un vínculo muy estrecho con la ciudad. La comunidad no cerró sus puertas hasta 1991, cuando —ya muy reducida— donó el edificio al Arzobispado de Granada, que se hizo cargo de su conservación.
Una reina, un donativo y una sillería
Si algo demuestra que este convento nunca fue un lugar cualquiera es la visita que recibió en 1862: la mismísima reina Isabel II se acercó a conocerlo y, como gesto de agradecimiento, dejó un donativo de 5.000 reales. Con ese dinero se costeó una sillería nueva para el coro, la misma que hoy en día sigue presidiendo, protegida tras sus celosías de hierro, el coro alto y bajo del templo.
No todo en su historia fueron buenas noticias. En 1936, en plena Guerra Civil, el convento sufrió daños que aún hoy se dejan notar: el retablo mayor, por ejemplo, perdió parte de sus imágenes originales. Pese a todo, el edificio sobrevivió, y en 1977 recibió el reconocimiento que merecía al ser declarado Bien de Interés Cultural.
Piedra, madera y pincel: un recorrido por sus estilos
La fachada es la primera en dar la bienvenida al visitante, y lo hace con una portada gótico-isabelina que luce todavía el escudo heráldico de su fundador, Fray Hernando de Talavera, tallado en piedra como si el propio arzobispo quisiera recordarnos, quinientos años después, que este fue su empeño.
Al entrar, la mirada sube casi sin querer hacia el techo: un artesonado mudéjar de par y nudillo cubre la nave, herencia directa de los alarifes que trabajaban entre culturas en la Granada de después de la conquista. Bajo esa techumbre preside el retablo barroco de Gregorio Salinas, obra del barroco tardío granadino en la que, pese a las pérdidas de 1936, todavía pueden admirarse las tallas de Santa Clara, de San Francisco de Asís y una bellísima Inmaculada. A ambos lados de la nave, tres pequeños retablos laterales completan el conjunto; en uno de ellos se guarda una talla de Santa Clara atribuida al círculo de Mena.
Pero quizá lo más singular de la iglesia esté en sus muros: la decoración pictórica al fresco, obra de los hermanos José y Vicente Cieza a finales del siglo XVIII, que narra escenas de la vida de Cristo enmarcadas en arquitecturas fingidas pintadas con tal habilidad que, a primera vista, parecen relieves de piedra.
Fuera de la iglesia, el convento guarda su rincón más sereno: un patio porticado con arquería sobre esbeltas columnas, una fuente octogonal en el centro y naranjos que perfuman el ambiente cada primavera. Junto a él, el claustro despliega su planta rectangular con arcos de ladrillo apoyados en columnas mudéjares, un espacio que invita a caminar despacio y en silencio, tal y como durante siglos hicieron las monjas que lo habitaron.
Un convento que sigue escribiendo su historia
Tras el cierre de la vida conventual en 1991 y su paso a manos del Arzobispado de Granada, el edificio ha ido reinventándose: parte de su antiguo huerto acoge hoy una residencia para personas mayores, mientras que el conjunto histórico continúa sometido a labores de restauración que, en ocasiones, obligan a limitar las visitas. Aun así, merece la pena acercarse: pocos lugares en Loja permiten sentir, en un mismo paseo, la devoción de un arzobispo del siglo XVI, el gesto de una reina del XIX y el talento de dos pintores del XVIII.
Cómo llegar
El convento se encuentra en la Cuesta de las Monjas, en pleno casco histórico de Loja. Debido a las obras de restauración en curso, el horario de visita puede estar limitado o suspendido temporalmente: te recomendamos consultar el horario actualizado en nuestra página de Horarios de Monumentos de Loja antes de planificar tu visita.
Fuentes consultadas para contrastar los datos: estudio académico «El convento de Santa Clara de Loja: notas sobre su fundación» (Universidad de Granada, Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada), ficha oficial de Turismo Andaluz (andalucia.org), Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía / Wikidata (registro BIC) y web del Arzobispado de Granada.








